El joven, ensimismado en su pensamiento, se recuesta sobre un viejo sofá de cuero, prende el último cigarrillo y se deja envolver por la psicodelia. Bellos y luminosos colores, un manto azulado que poco a poco lo cubre todo y poco a poco desaparece se apropian de él.Sin darse cuenta, el joven, cae a un espacio nuevo, a la telaraña de sus pensamientos, a su nostalgia, a sus recuerdos y se adormece.
El muchacho y su mente deambulan por lugares ya visitados.Su mente bullía historias e imagenes entrañables y cinematográficamente perfectas.De un momento a otro, el joven se siente como alma que lleva el diablo, explota de rabia consigo mismo porque recuerda la ausencia del mejor cómplice de sueños lúcidos que alguien pueda tener, y se lamenta por poseer los adentros que posee.Afortunadamente no puede dejar de recordar esos viajes por la fantasía que ambos hicieron sin medir nunca el tiempo, esas extensas travesías sobre la furia de los temporales, y no puede evitar sentirse bien.Una felicidad dulce, tranquila, melancólica lo invade.Y de alguna manera piensa -o sospecha o cree- que por la vida misma y las encrucijadas del camino, el azar los juntará nuevamente e incansables marcharán por plácidos senderos hasta el final de la aventura, donde los sueños no estorban, ni la amistad se enfría...Luego despertó.
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